Para nadie es un secreto que las mujeres tendemos clasificar a nuestras parejas en poco más o menos las siguientes categorías: “repetible”, “recordable”, “para olvidar” y “oh! My God, qué es este hombre!”, pero pocas veces nos preguntamos cómo nos clasifican ellos a nosotras.

Para estimular mentes y levantar pipís a metros no hace falta andar mostrando tetas ni forrarse las prótesis de la cola con sudaderas felpudas, pues tener habilidades en el lecho consiste en mucho más que lucir como muñeca inflable o conejita de Play Boy.
Puede ser un generalización, pero se tiene la impresión de que pocas mujeres se han puesto a pensar en cómo ser una buena amante, es decir, en qué hace que una mujer sea buen catre, independientemente de su físico y de qué tan recorrido tenga su cuerpo. Pareciera que la categoría de buen o mal amante es exclusiva del género masculino, mientras que las mujeres procuran evitar convertirse en la amante, a riesgo de no ser buena en la cama.

Como casi todo en la vida, ser buen polvo ya sea en el piso, en el mesón de la cocina, por teléfono o contra la pared, es una cuestión de actitud, de ser proactiva sin llegar a ser exigente y mandona. Se trata de quitarse la ropa antes que el hombre la quite, bajar sin que el otro empuje hacía abajo, acomodarse para que entre más rico y más profundo sin decirle a él lo que tiene que hacer; se trata de mostrarle al hombre qué tanto se desean sus labios, su cuerpo, su verga y que se venga. Así como a nosotras nos encanta sentir que nuestros labios, nuestras manos, nuestro cuerpo y todo lo que hacemos con él los excita, a ellos también los estimula saber que lo que hacen nos genera placer y que si tomamos la iniciativa de voltearnos o de subir la pierna es para que ambos disfrutemos mucho más y no para insinuarles que lo hagan mejor.

Cuando perdemos la cordura producto del placer todo está permitido. Y para ellos también es fácil desenfrenarse al escuchar nuestros gemidos al ritmo de la penetración, o cuando se les susurra al oído lo mucho que lo estamos disfrutando, o si se les coge fuerte de la cintura para acoplarlos a nuestro ritmo, o cuando de tanto placer no encontramos de donde más agarrarnos que de su pelo, o al saborear cómo nos humedecemos, cuando sienten los espasmos producto del orgasmo, o cuando… en fin.
Eso sí, todo tiene que ser espontáneo y no se vale fingir. Si no se siente la necesidad de perder el juicio es porque algo está pasando, ya sea en la mente de la mujer o en el desempeño del hombre y simular sólo traerá como consecuencia que el sexo a futuro termine siendo peor.

También hay que tener prudencia en no ir a perder los cabales con algún tipo que pueda interpretar esto como si estuviera haciéndolo con una actriz porno que se vuelve loca con el primero que se la mete, pues lo que se pretende es que no se asusten y que si tiraron rico pues repetir, procurando dejar sólo buenas impresiones.
Y las buenas impresiones se logran cuando el otro ve y siente que uno está disfrutando de verdad lo que están haciendo, que no se la está metiendo a una muñeca de plástico o que para ella, él sea un reemplazo del consolador. Se trata de lograr llevar a la pareja a experimentar sensaciones e imágenes que ni en sus más pervertidas y extraordinarias fantasías habría podido delirar, y que luego de mucho tiempo, mientras hacen una lista de sus mejores parejas, lo recuerden a uno y sientan la sangre fluir en su entrepierna mientras se les dibuja una sonrisa picarona.