
Suele pasar que sentir placer se vuelve algo rutinario y excitarse ya no es algo novedoso, se tiene la sensación que falta “sazón” y que la normalidad necesita transformarse en perversión. Es una lástima que en los libros donde clasifican enfermedades mentales (DSM IV y CIE-10) haya un apartado exclusivo para los trastornos de las inclinaciones sexuales, porque ha generado cierto recelo ante prácticas que no implican coito pero que pueden brindar una gama de alternativas nuevas y excitantes de experimentar la sexualidad, sobre todo cuando colindan en lo prohibido y en lo “enfermo”.
Hablo de lo que también se conoce como parafilias, o sea, experimentar placer sexual casi exclusivamente de “objetos no humanos, del sufrimiento o de la humillación de uno mismo o la pareja u otras personas sin su consentimiento”. Prácticamente, puede existir una parafilia para todo (incluso puede haber una para lo primero que vea sobre su escritorio).

Seguramente ha oído hablar de algunas y si ha tenido suerte, es muy probable que haya practicado más de una en la intimidad de las cobijas y sin darse cuenta. Por ejemplo, es casi imposible que un hombre no se excite viendo a la mujer desnuda a través del vidrio empañado del baño (escoptofilia o vouyerismo) y más cuando ella se da cuenta que la están espiando. Aprovecha la arrechera del otro y comienza a jugar con el jabón pasándolo por todo el cuerpo, empezando por el cuello y bajando por entre las tetas, tocando con las puntitas de los dedos los pezones y con cara de placer observa cómo el espía se empieza a emocionar y ella se emociona igual (exhibicionismo), luego se voltea, se inclina y él entra, a la ducha y a ella también.

No falta encontrarse los calzones debajo de la cama todavía húmedos del preámbulo de la noche anterior, olerlos y volver a saborear toda la pasión vivida (fetichismo). La excitación está tan dura que quiere explotar en el pantalón, y es la imaginación la que se encarga de transportar el movimiento rápido de la mano a los momentos de máximo clímax. También fue parte de los primeros encuentros sexuales -por allá en la adolescencia- la típica “bluyineada” en la sala de la casa o las escaleras, donde probablemente era la primera vez que los genitales eran tocados por otros así sea por encima de la ropa (froteurismo) y las mujeres podíamos palpar lo que era una verga de verdad; ahora el froteurismo es practicado principalmente en el transporte de servicio público y en las tandas de reggaeton en las discotecas.

Obviamente hay otras que no vale la pena nombrar porque se salen de cualquier límite placentero, logrando incluso escandalizar al más degenerado y depravado de todos. Hay que tener en cuenta que las pautas para diagnosticar cualquiera de estas prácticas como un trastorno son que generen sufrimiento y humillación propia o del compañero, que se realicen sin el consentimiento del otro y si afectan excesivamente la vida de la persona por más de seis meses. Si la pareja acepta y disfruta cualquier fantasía por más perversa que sea, no hay que dudarlo ni reprimirse nada, simplemente dejara salir el lado más indecente y dejarse llevar por el desenfreno.
