miércoles 21 de diciembre de 2011

Historias, perversiones y una noche larga

-¿Hasta aquí llegamos entonces?- preguntó Alejandro en forma retórica pues no quería que ella le confirmara lo que tanto temía.

-Sí, ninguno de los dos se merece seguir así... lo nuestro ya no es amor ni felicidad, sólo dependencia y es mejor que se acabe ahora. Lo siento...  Le dijo ella como tratando de suavizar la cruda realidad.

Pero tanto él como Catalina sabían que la verdad era que desde hacía mucho tiempo el amor se había desvanecido entre la cotidianidad, la comodidad y la falta de respeto cuando peleaban, lo cual ya era más recurrente que las demostraciones de afecto .

Y es que luego de varios años juntos, ellos habían cambiado pero la pareja no se había adaptado a lo nuevo; había una decepción latente por haber despertado del idilio, de ver cómo era en realidad la persona con la que convivían. Y no habían terminado antes principalmente por miedo ya que no sabían quiénes eran sin el otro, la identidad individual se había perdido, y se habían convertido en una masa amorfa donde no se sabía en donde terminaba uno y  empezaba otro; habían pasado por muchas cosas juntos, se conocían sus mañas, sobre todo con respecto al sexo; y tanto se conocían que no se encontraban nada nuevo, la rutina había ganado sobre el deseo.

Ambos sabían que continuar era un error que pagarían caro si no se hacía cuanto antes, por eso en esa última conversación se dijeron adiós y se sacaron mutuamente de la vida. La tusa sanó porque tenían motivos para no seguir juntos y porque se dieron cuenta que en realidad ya no los unía el amor.

Pasaron las semanas, los meses y entre ellos las parejas. Algunas no pasaban de una noches y otras se volvían formales por un tiempo.

Pero un día, cualquier día,  se volvieron a encontrar de esa forma como sólo el humor negro del destino podría juntarlos. Tal vez por efecto del verano no se les vinieron a la mente los momentos románticos que alguna vez vivieron, ni las peleas que los separaron; ella recordó el sabor del sudor de los dos mezclados y en los oídos de él resonaron de nuevo los gemidos de ella. Y esos recuerdos no se alojaron en el corazón en forma de nostalgia, sino que se dirigieron inmediatamente entre sus piernas.

Aunque la conversación en apariencia parecía la más normal del mundo, si hubieran tenido un termómetro en la ropa interior y un Lector de Pensamiento, ésta habría sido más o menos así:

-¡Hola Caty! ¡Qué bueno verte !-
¡Uy¡ ¡esta mujer está más buena de cómo la dejé!

-¡Alejo! ¡¿Cómo estás?! ¿Qué cuenta tu vida?-
¡Dios mio! Huele delicioso… y esa barba… ¿me habré depilado?

-Pues que te cuento Caty: ya no vivo acá, me trasladaron del trabajo para otra ciudad… apenas me estoy acomodando, pero estoy contento…-
Me retumban sus gemidos, me la quiero comer… ¿tengo condones? ¿Será que la invito al hotel? ¡¿Cómo le digo?!

-Que bueno, me alegro mucho por ti. Yo ya estoy terminando el Master…
No vive acá, o sea que me lo podría comer y como si nada… ¡Dios mío!, me acabo de mojar… ¿Cómo hago para que me invite al hotel sin que yo le tenga que decir algo…

-¿Qué vas a hacer ahora? ¿Ya comiste?
¡Que diga que si!... ¿Se me estará notando la parola?

-Pues no tengo mucha hambre, pero dale, vamos…
Parece que esta noche voy a comer muchas veces…

Comieron entrada, fuerte y postre. Luego ella invitó a unos tragos que se volvieron los suficientes para aflojar prejuicios y una mano mal puesta inició un manoseo impetuoso por debajo de la mesa a tal punto que se tuvieron que ir porque Catalina no podía silenciar sus caras de placer, esas que tanto lo excitaban a él. En el taxi era todavía más difícil disimular y la carrera se les hizo eterna, incluso se sintieron perversamente excitados cada vez que pillaban al taxista voyeur morbosearlos por el retrovisor.

Revolcaron esa cama como aquella vez que ya no recordaban y se sorprendieron al ver los nuevos trucos que habían aprendido con otros; sus cuerpos eran diferentes, sus olores no. Les fue fácil navegar por el cuerpo de su pareja porque recordaban trucos que además refinaron en encuentros venideros: a Alejandro le gustaba que ella le clavara las uñas cuando él estaba encima, que le dijera qué tanto le gustaba lo que le estaba haciendo y que cuando se lo estuviera mamando, le cogiera la verga con ambas manos también; a Catalina le mataba que le lamiera el cuello y las orejas, le gustaba someterlo poniéndose arriba y que Alejandro le mordiera los labios cuando le estaba haciendo sexo oral. Era como tirar con un extraño que sabía exactamente qué le gustaba al otro, por dónde y qué tan duro.

Durante toda la faena evitaron mirarse a los ojos para evitar engancharse en el calor del momento. Llegaron juntos al orgasmo, cosa que había pasado casi nunca en todo el tiempo que tuvieron de relación; y al final terminaron tan cansados y satisfechos, que se quedaron dormidos sin arruncharse. Se levantaron un par de veces más para aprovechar el mañanero hasta que Alejandro tuvo que irse al aeropuerto. Al despedirse, lo hicieron como tratando de no demostrarse que les gustaría repetir en algún momento, pues en el fondo sabían que era mejor dejarse sorprender por el destino. El deseo que sus cuerpos mantenían les indicaría si estarían juntos otra vez, igual, se conocían sus perversiones, y ya no les importaban las historias pasadas, sino pasar una noche larga. 




1 comentarios:

  1. Buena entrada, me ha gustado y mucho.

    Entiendo vuestra nominacion al premio.

    Un saludo.

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