
En cualquier momento y lugar es muy normal encontrar dos tipos de personas, las que están en una relación y las que no. Las últimas se mantienen en constante búsqueda de alguien que los acompañe, pues hay una presión muy fuerte por parte de la sociedad que incita a buscar enamorarse y a estar en una relación, volviendo el estado de “soltería” un desprestigio social.
Imaginemos la siguiente escena: hay una reunión de egresados. Muchos van emparejados y sino, la llamada al celular los delata; en eso entra al recinto “La Soltera”. Si no está bien agraciada el comentario general “tan fea que se puso, con razón está sola”. Si por el contrario está buena, las reacciones serán que las mujeres agarren a sus hombres y les den un beso para marcar territorio y así no se ponga en duda el compromiso, mientras que por su lado, los hombres entrarán en modo cacería.
Al parecer, a la sociedad le pican las personas solteras y siempre se inventa una excusa para emparejar a todo el mundo. Nunca falta la pregunta ¿estás saliendo con alguien ahora? Como si fuera fundamental estar con alguien para salir; si la respuesta en negativa, los gestos del interlocutor indican poca comprensión de la situación. Y es entendible esa reacción porque a veces ser soltero es casi una maldición que debe ser evitada a toda costa, al punto de ni siquiera permitirse salir de una relación para entrar a la otra.
Al parecer, el único reto que tiene una persona soltera y que casi nunca está dispuesta a encararlo, es el de empezar a convivir con uno mismo y dejar de tratar de convivir con otro. Y ese desafío implica aprender a aceptar esos días en los que estar solo es una verdadera mierda, sobre todo esos donde se necesita de alguien que lo consienta y a quien contarle lo bueno y lo malo de la cotidianidad, días en los que dan ganas de lanzarle un zapato a la primera pareja enamorada que se atraviese en el camino, porque restriegan en la cara el propio vacío, días en los que no saber al lado de quién se acuesta, ni si estará al otro día al levantarse (o peor aún, no acostarse con nadie y levantarse totalmente solo), genera una incertidumbre casi intolerable.

Aunque también hay días (y cada vez más, a medida que pasa el tiempo y se aprende a vivir en soltería) en los que se da gracias por no tener a quién rendirle cuentas de los actos y por no tener que joderse ni preocuparse por la vida del otro; días en los que las consecuencias de los actos no afectan a nadie más que a sí mismo, y es ahí donde estar soltero es tan interesante, porque se empieza a valorar y disfrutar de la soledad y a aquello que sólo uno mismo puede brindarse. Días en los que se está dispuesto a dejarse sorprender por algún desconocido y despertarse satisfecho por tener la cama sólo para uno.



